lunes, 11 de junio de 2012

Los nombres de nuestros ancestros

En estas búsquedas, uno de los asuntos centrales son los nombres, muchas veces repetidos y que llevan a confusiones, a veces a historiadores y genealogistas experimentados. Como mis pretensiones son más modestas, lo que encuentro habitualmente son nombres tradicionales y comunes y apellidos "gringos" mal escritos. Pero en el caso de los paisanos de antigua prosapia criolla el tema se hace interesante y tiene sus particularidades. Basándome en el trabajo que publicó el notable genealogista Hugo Fernández de Burzaco y Barrios hace más de treinta años en el Boletín del Instituto Argentino de Ciencias Genealógicas (número 100, Julio de 1980), veo que también hubo nombres de moda en todas las épocas. 

Dice Burzaco que en el primer siglo de existencia de la ciudad de Buenos Aires, los nombres más comunes entre los varones eran Agustín, Andrés, Alonso, Antonio, Diego, Domingo, Francisco, Gerónimo, Lucas, Luis, Manuel, Ignacio, Mateo, Simón, entre otros. Las mujeres eran bautizadas como Agustina, Ana, Bárbara, Beatriz, Luisa, Josefa, Juana, Petrona, Petronila, Polonia, Catalina, Micaela, Úrsula.

Con el paso del tiempo y los cambios económicos y políticos, se pusieron de moda los nombres del santoral católico. La lista es larguísima, pero criollos y españoles lucían nombres tales como Robustiano, Restituto, Crescencio, Sinforoso, Serapio, Policarpo, Apolinario, Canuto, Nepomuceno. 

También señala Burzaco otros nombres vinculados a la iglesia que hoy nos resultan muy llamativos, sobre todo en el caso de las mujeres:  de las Mercedes, del Pilar, de la Encarnación, pero también de las Llagas, de las Caídas, del Tránsito.

Todo esto combinado, daba resultados como el del niño bautizado 12 de noviembre de 1828, en la iglesia porteña de San Nicolás de Bari con el nombre de Carlos María Bernardo de los Innumerables Mártires de Zaragoza Fernández Leiva.

Otra de las costumbres era repetir uno de los nombres en todos los hijos. Cita Burzaco el caso de alguien que, casado dos veces, tuvo 13 varones y 15 mujeres, y uno de los nombres de todos los varones era José y de las mujeres, Josefa.

El motivo central del artículo en el que me baso era referirse al nombre "del Corazón de Jesús", que en determinado momento se puso de moda. A tal punto que, en familias numerosas de diez o más hijos, todos lo solían llevar como segundo nombre. El caso más conocido para nosotros será, sin duda, el de Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano, el extraordinario hombre de Mayo.

Los nombres más comunes que conocemos hoy llegaron con la gran inmigración: Carlos, Jorge, Luis, Alberto, Mario, Ernesto. Pero los hubo curiosos y hasta divertidos, producto sobre todo de los despropósitos que cometían quienes repetían equivocadamente nombres que habían oído o de quienes llenaban los precarios formularios de la época. Del Censo Nacional de 1895 en La Pampa, por ejemplo, rescaté una serie de nombres y apellidos que ni a Don Verídico -el recordado personaje de Julio C. Castro- se le hubieran ocurrido:  Estrofilda Torres, Bersabel Pérez, Bitarino Cayumerta, Bonitasio Abila, Desulina Di Nillo, Ufronio Moyano, Vernabal Balvidares, Nacioncena de Flores, Ingrosia Reinoso.

Como apunte al pasar, digo que me ha tocado ver partidas de nacimiento de esclavos a quienes el cura bautizaba como Pan y Agua, o personas que llevaban el apellido Demesymedio. No puede uno menos que pensar en la mala uva de algunos curas o el desprecio social de aquellos tiempos.

Leyendo ésto, más de uno estará agradeciendo que le hayan puesto el nombre ese que hasta ahora le parecía feo.